Foto de archivo: un grupo de hermanas Oblatas de Betania

El padre Eugenio Prévost, c.f.s.
Su experiencia espiritual

Introducción

Cristo Jesús reveló al mundo que había muchas moradas en la casa de su Padre y se identificó como el Camino que da acceso a ellas (1). “Dios, nunca nadie lo ha contemplado(2)”; nunca lo ha visto nadie; el Hijo, es él quien nos lo ha dado a conocer (3). Él nos hace experimentar su presencia llena de amor y misericordia. Dios sigue viniendo a intervenir por su Hijo hecho uno de nosotros. En el Hombre-Dios, podemos ver al Padre.
En sus encuentros íntimos con Jesús-Eucaristía, Eugenio percibió que Dios es rico en misericordia. Su experiencia de Dios fue, en la fe, una experiencia de Jesús, Padre y Víctima. Según Teresa de Ávila, concierne a todas las fases de la vida espiritual fijar la mirada contemplativa sobre la humanidad de Jesús. A la manera de esta verdadera maestra de oración, Eugenio mantuvo los ojos fijos en Jesús, el Verbo encarnado en el que reconoció al Salvador del mundo.


Módulo gráfico: número uno

Dios perdona a Eugenio y lo convierte

Hasta su conversión, Eugenio no piensa más que en la alegría de vivir y de divertirse. En las Memorias, él cuenta como todo era fiesta, música y alegría en su familia.

Interno a los trece años en el colegio de Santa Teresa de Blainville, él se aburre y se mezcla rápidamente con un grupo de estudiantes inquietos. Él no es malvado, nos asegura, sino distraído. Después de cuatro años vividos, todo cambia en su vida de adolecente, en septiembre de 1877.

El día de la entrada, Eugenio escoge su lugar en el dormitorio como de costumbre. Sin embargo, ahí está el vigilante que quiere negarle ese derecho ¡y con razón! Suponemos quienes son los amigos con los que el hijo del buen doctor Jules quiere estar. Pero, en lugar de ir a quejarse con el director, él renuncia a exigir su derecho y se entrega a la inspiración del Espíritu . “¡Vaya!, por qué comenzar mal el año” se dice a sí mismo. Decididamente, él lleva una vida estudiosa, disciplinada, seria. Se mantiene en lo correcto a pesar de las burlas de sus compañeros que lo acusan de ser hipócrita. “Jesús me detuvo... es Jesús quien lo ha hecho”, confesará él a los 82 años. ¿En ese momento habrá tomado conciencia de ello? Es el secreto de su corazón. Sin embargo, destaca de las primeras confidencias anotadas en su Diario personal que desde octubre de 1877, él lamenta sus errores pasados y mira su conversión como un don del amor misericordioso de Jesús. La conciencia de la misericordia de Jesús lo acompañará a lo largo de su experiencia espiritual.

“¡Cuánto amor!”, en efecto, ¡Jesús le hizo discernir sus errores! Por una gracia de inefable caridad, Eugenio se reconoció pecador. Él desea ser fiel a partir de ese momento a los llamados de su Maestro. Escuchar la voz de su consciencia, donde el Espíritu Santo nos encuentra en el corazón del ser, es el primer paso hacia la vida interior: aquel de una respuesta de la libertad humana a los llamados del Espíritu. Convertido en predicador, dirá más tarde: “Jesús tiene designios particulares para cada alma y él armoniza sus gracias con sus designios de misericordia y de amor (4).”

Perdonado, convertido, Eugenio es cautivado por Jesús presente en la Eucaristía.

“Sentí la necesidad de la piedad”, confiesa él desde el primer paso de su conversión. Atraído por el Santo Sacramento, él ora durante largos momentos ante su tierno Maestro que dulcemente lo instruye en secreto sobre su amor por él. Tal es su forma de oración, ¡Cuántas gracias no ha recibido en la comunión y la adoración eucarísticas! Jesús viviendo en el Santísimo Sacramento y haciéndose cercano a él en la suavidad del amor, así fue la experiencia inicial y fundamental de Eugenio, una experiencia de orden sacramental. Inicia y se profundiza continuamente en la comunión de amor con su divino Salvador presente en el Santísimo Sacramento.

“La Eucaristía es el principio sacramental de la experiencia mística, desde sus inicios hasta sus más altas cimas. [...] La Eucaristía es el sacramento de la experiencia mística porque ella realiza las promesas de Nuestro Señor contenidas en el discurso de la última cena y la oración sacerdotal, específicamente en Juan 14,12-26; 15, 1-12; 17, 20-26. En el discurso sobre el pan de vida (Juan 6, 54-58), la Eucaristía se revela como la fuente de la vida en Cristo, la causa de la más grande unión con Dios, [...] y el principio de la residencia recíproca del alma en Jesús y de Cristo en el alma (5).” La Eucaristía conduce ciertamente a la unión mística así como la oración.

En el recibimiento del amor gratuito de Jesús-Hostia, Eugenio buscara con todo el entusiasmo de su temperamento apasionado, amarlo y manifestárselo en la renuncia de sí mismo. Es en ese espíritu tan evangélico que conviene interpretar su firme decisión: “ Quiero convertirme en santo.” Esta es una libre respuesta al amor misericordioso que le ha encantado.” Es entonces por misericordia y por amor que quieres atraerme y unirme a ti (6).” A partir de su experiencia espiritual brota la preocupación apostólica: contento por lo que vive, él invita a aquellos y aquellas con quien se cruza a unirse, a comprometerse también en el camino de la santidad. Actúa como un “pastor” de sus hermanos y hermanas. Busca evangelizar, como su Maestro.

A los diecinueve años, Eugenio presiente el llamado a dejar todo para seguir a Jesús en la vida religiosa y el sacerdocio. Habiendo leído las constituciones de la Sociedad de los Padres del Santo Sacramento, se decide el 19 de abril de 1880 a entrar en ese instituto. El 1° de agosto de 1881, deja su familia, amigos y patria para ir al noviciado en Bruselas. En su comunidad, él continua experimentando el amor de Jesús al Santísimo Sacramento y la misericordia divina en la obra de su vida, de suerte que su unión con Jesús Eucaristía progresa. A los veinte años, pronuncia sus votos privados de religión. Ese 1° de noviembre de 1881, día que él considera como el más bello de su vida, reconoce en la acción de gracias: “Jesús, Jesús sólo es mi compañero (7).” “Jesús sólo”, es el grito de corazón de aquel que desea renunciar a todo y a él mismo para no unirse y no pertenecer más que a Jesús.


Módulo gráfico: número dos

Jesús habla de amor al padre Prévost

Religioso del Santísimo Sacramento, Eugenio aprovecha los momentos regulares de oración y adoración, los largos periodos de soledad durante los retiros espirituales, mensuales y anuales. Jesús-Hostia lo construye en la humildad por las gracias de unión y de purificación cuando la oración se vuelve complicada.

Desde sus retiros de profesión, el joven religioso es consciente que, desde la Hostia, Jesús le habla al corazón y lo llama expresándole su amor. Permanece mucho tiempo bajo la influencia de esta acción poderosa del amor de Jesús en él mediante una convicción cada vez más profunda de su indignidad (8). Él se siente amado como tiene necesidad de serlo, así como es, con sus carencias y sus límites. ¿Es posible una vida espiritual cristiana sin una fe viva en el amor de Dios por uno, en lo personal?

Pero siguiendo el consejo de Eugenio, no deseemos “ninguna manifestación especial de Jesús, ninguna palabra interior. Jesús quiere ser libre de actuar en el alma como le guste y [nuestra] felicidad debe ser darle esa libertad plena y entera (9)”.

Eugenio Prévost escribirá: “Jesús vivo en la Eucaristía está oculto bajo la corteza de la palabra en el Evangelio (10)”.

Instruido por su propia experiencia, él notara la importancia del silencio interior para aprender “ a dejar hablar a Jesús y a escucharlo (11)” ¿ No es el amigo del esposo quien se mantiene ahí, cerca de él, que lo escucha y que disfruta alegremente la voz del esposo? (12). La base de la vida interior, es “ el recogimiento profundo del alma que permanece ante su Dios, que hace callar todos los ruidos de afuera y de adentro, que escucha su palabra y que se confía a su acción divina (13)”. “ La palabra está cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica (14)”. Eugenio reconoció que Jesús nos habla de distintas maneras y nos recomendó estar atentos a esa voz (15). ¿No sería eso un eco de su experiencia personal?


Módulo gráfico: número tres

Eugenio Prévost es consagrado padre

Durante su retiro de ordenación, el joven diácono recibió gracias particulares que lo iluminaron sobre la “grandeza” del padre. Él vivió también las gracias de unión con Jesús durante sus comuniones. Ordenado padre en Rome el 4 de junio de 1887, él expresa su convicción de haberse convertido en otro Cristo, ese día, incluso siendo pecador. Evocando esta gracia de amor incomprensible de parte de la bondad misericordiosa de Jesús, él escribió en su Diario personal: “Mi ser fue enteramente transformado; yo fui objeto de una acción que viene del cielo, Jesús habita en mí; ¡Ah! sí, sí, es verdad, el sacerdote es otro Cristo.”

De su parte, el Papa Juan Pablo II remarca: “De hecho, es Cristo mismo el que viene en cada sacer dote. Si San Cipriano dijo que el cristiano es otro Cristo, Christianus alter Christus, con mayor razón, se puede decir: Sacerdos alter Christus [el sacerdote es otro Cristo] (16).”

Eugenio tuvo primero la experiencia del amor misericordioso de Jesús que lo convirtió y que le habló. Ahora, totalmente conmovido, él es consciente que en su misericordia Dios actúa en él y lo transforma por la unción sacerdotal. El Papa Juan Pablo II emplea una comparación muy fuerte para expresar la acción transformadora del Espíritu en el sacramento de la Ordenación: “Así como en la misa, el Espíritu interviene en la transubstanciación del pan y del vino en Cuerpo y Sangre de Cristo, asimismo, en el sacramento de la Ordenación, él interviene en la consagración sacerdotal o episcopal (17).” La expresión “otro Cristo”, es para entenderla como una identificación con él: “Quién te acoge, me acoge, quién te escucha, me escucha (18).” Si Jesús se identifica con los humildes (19), él se identifica igualmente con sus ministros. Configurados con Cristo, Cabeza del Cuerpo, los sacerdotes actúan in persona Christi, principalmente en los sacramentos de la Iglesia. Todo cristiano puede entonces encontrar en el sacerdote a Jesucristo que “en sus misterios de paz, trabaja por nuestra santidad (20).”

Durante la ceremonia de ordenación, Eugenio percibe la presencia de María a su lado derecho. “Esa tierna Madre me acompaña durante toda la ceremonia y yo, vivamente, sentí los vínculos estrechos y nuevos que desde ese momento se establecieron entre ella y mi alma de sacerdote (21).” Diecisiete años después, él recuerda todavía esa gracia particular: “¡Ah! sí, yo lo sé, estás a mi derecha [María]; he aquí porqué mi miseria no me sumerge, he aquí porqué el fuego del amor no cesa de consumirme(22).”

Ese recuerdo de María permanece vivo en él. El padre Prévost tendrá durante toda su vida una gran confianza en esta “muy dulce Madre” que lo acompaña y lo conduce hacia su Hijo. ¿No es así para todo bautizado? María está cerca de nosotros y nos exhorta a: “Hagan todo lo que Él les diga.” Jesús y María son inseparables.


Módulo gráfico: número cuatro

Eugenio fue escogido para una misión nueva
a favor de los padres

Eugenio Prévost identificó las necesidades espirituales de los sacerdotes durante sus encuentros con los miembros de la Asociación de padres adoradores de la cual él era director. Desde que estaba con los Padres del Santísimo Sacramento, él ya tenía el deseo de una tercera orden femenina y de llevar a cabo una obra para ayudar al clero. Esos proyectos son obstaculizados y juzgados inoportunos por la comunidad, de suerte que en diciembre de 1899, el padre Prévost fue enviado a Montreal sin ministerio preciso. En espera, él debe permanecer 15 días en Sacerlles, ciudad cercana a París. Allá, él recibe una gracia de luz que va a transformar su vida y a dar a su espiritualidad y a su caridad pastoral un color específico orientando su misión de una nueva manera.

Deslumbrado por eso que el Espíritu Santo le presenta, Eugenio Prévost escribe: “Hay dos sacramentos que se llaman mutuamente, inseparables el uno del otro: la Eucaristía y el Sacerdocio. La Eucaristía es todo en la Iglesia, porque ella es Jesús. Ahora bien, es el Sacerdocio el que nos da la Eucaristía [la misa], nos la conserva [presencia real] y nos alimenta con ella [comunión] y eso por el poder mismo del Sacerdocio de Jesús depositado en toda alma sacerdotal. Es Jesús presentándose él mismo a través del ministerio del padre. Después de la Eucaristía, nada aquí abajo es más grande y digno de respeto y de amor que el padre (23).”, etc.

Desde entonces, lo imprevisible se produce: como una semilla que, en silencio, nace, la nueva vocación del padre Prévost brota de las tinieblas y de las angustias de su corazón arado por el sufrimiento de amor. Él se da cuenta de repente que viene de hacer el sacrificio de su vocación de religioso del Santísimo Sacramento para establecer las obras a favor de los padres, entrevistas en la misma luz. Esta gracia tan fuerte lo proyecta para ir “siempre recto hacia delante” y guardarlo fiel hasta el final.

Es la experiencia clave de su misión de fundador. De la Eucaristía, él irá al Sacerdocio. “La congregación de la Fraternidad Sacerdotal, he ahí mi vida, mi destino, la cima de mi felicidad, el coronamiento supremo de las misericordias del Señor a mi consideración, la plena realización de los misteriosos designios de mi Jesús sobre mi profunda miseria (24).”

Durante el periodo de gestación de la Obra sacerdotal, el fundador tiene constantemente ante sus ojos las palabras de Jesús: “Manete in me, manete in dilectione mea. Permanece en mi, permanece en mi amor (25).” Ellas le aportan luz y paz en medio del sufrimiento que le provoca la separación de su congregación. Él la compara a la Hora de Jesús, la del misterio pascual. “¡Ah! sí, la hora llegó, y pronto cuando el cáliz haya sido bebido hasta la última gota, Jesús se revelará bueno y dulce, poderoso y fuerte (26).”

“Pero el pensamiento de los padres me sostiene. ¡Ah! Es necesario que yo los ame, mi Dios, y sobre todo cuán necesario es que tu luz haya sido fuerte y brillante, para hacerme aceptar ese sacrificio supremo que tanto te pedí alejaras de mí. [...] Es mi abandono en sus manos el que me condujo a donde estoy. Veo que él lo ha querido y solo eso me haría comprender porque él me ha buscado para santificarme por el amor y el abandono. Viva Jesús [...] inmolado en el altar, el Padre eterno, el consumador de toda santidad (27).”

El 17 de noviembre de 1900 durante un viaje por el centro de Francia, la iluminación recibida en Sarcelles se precisa. El padre Prévost lo ha descrito así: “Ya en Morcenx [en las Landes, Francia], entretanto, yo había ido a pasar un buen momento en la iglesia. Allí me impactó el estado de Sacerdote de Jesús en el Santísimo Sacramento. Es toda la razón de ser de Jesús. Es hostia y víctima. Él vino para remplazar todos los sacrificios antiguos. A partir de la caída del primer hombre, él debe venir. Inmolarse, es Jesús. Y aquel que se inmola: es el Sumo Sacerdote. El sacerdocio, es el más hermoso título de Jesús en la Eucaristía (28).” “Ese Jesús que ha cautivado mi corazón no aparece de otra forma que como el Padre eterno que multiplica su amor prolongando su Sacerdocio en las almas de los padre (29).” Él reconoce ahora en ese Jesús Salvador que se dirigió a él en el tabernáculo, a los diecisiete años, el Padre y la Víctima de la nueva alianza.

Estas líneas sobre la experiencia espiritual de Eugenio dejan entrever que aquella fue una experiencia de Jesucristo honrado como “Padre y Víctima en la Eucaristía y en sus sacerdotes.”

Por la gracia, él ya había entendido eso que enseñará la exhortación apostólica de Juan Pablo II Pastores dabo vobis, en el n°13: “Jesucristo manifestó en sí mismo la figura perfecta y definitiva del sacerdote de la Nueva Alianza: él lo reveló durante toda su vida en la tierra, pero sobretodo en el momento central de su pasión, de su muerte y de su resurrección. Como lo escribió el autor de la Carta a los Hebreos, siendo hombre como nosotros y al mismo tiempo Hijo único de Dios, Jesús es, en sí mismo, mediador perfecto entre el Padre y la humanidad, aquel que nos da el acceso inmediato a Dios, gracias al don del Espíritu [...]. Jesús cumple su función de mediador por la ofrenda de él mismo en la Cruz, por medio de la cual él obra, de una vez por todas, el acceso al santuario celeste y a la casa del Padre.” Ese es el misterio que el Espíritu Santo dio al padre Prévost para comprender y expresar los términos bíblicos: padre, víctima. Cautivado por el Soberano Padre, él arde en deseo de colaborar con su reino y de responder a las necesidades de los padres. Aquello lo llevará a fundar dos congregaciones religiosas nuevas y a publicar escritos que brotan de su corazón apasionado por Jesús y por la santificación de los padres. Por experiencia, él es consciente que en virtud de la consagración sacerdotal, los padres tienen una vocación específica hacia la santidad que comprende la “responsabilidad de convertirse en santo”, según la expresión Pastores dabo vobis, n°20. Su nueva misión será la de honrar, amar y hacer amar al Soberano Padre en la Eucaristía y contribuir al bien espiritual y material de los padres.

Convencido por el Papa León XIII de que su proyecto “parece responder a las Voluntades de Dios todo misericordioso que lo llama a dedicarse por completo al bienestar de los padres”, Eugenio se compromete el jueves santo 4 de abril de 1901 a trabajar por la construcción de esta obra, sin importar su debilidad. Él la conoce mejor que cualquiera. Si desconociéramos la misericordia divina en la obra de su vida, no podríamos comprender el sentido de su vocación y de su misión por los padres. Él deposita toda su confianza en Dios para superarse y superar el desafío. Creer, es comprometerse y seguir a Jesús incluso más allá de lo humanamente posible. “Mi vida, escribe él, ha llegado ahora a una nueva fase. Oh mi Dios, tu sabes que sólo me apoyo en ti y que no quiero otra cosa que tu voluntad. ¡Ah! Guárdame fiel, soporta mi debilidad y restitúyeme humildemente dócil y amorosamente abandonado entre tus manos (30).” Al principio de la fundación, Eugenio Prévost confiesa haber vivido gracias parecidas a aquellas de su ordenación sacerdotal.


Módulo gráfico: número cinco

En momentos de inmolación,
Eugenio Prévost permanece en la unión de amor con Jesús

Lleno de su experiencia con la misericordia bondadosa del Soberano Padre en la obra en la Eucaristía, el fundador continua su misión para los padres con el impulso del amor, en comunión lo mejor posible “con la sana y adorable voluntad de Jesús.” Establecido ahora en el abandono, puede convertirse, entre las manos de Jesús, en el instrumento de los designios de Dios para los sacerdotes.

Comenzar una obra nueva es, frecuentemente, exponerse a la incomprensión y a la contestación. La semilla puesta en tierra debe morir para dejar surgir la vida. De 1900 a 1946, Eugenio Prévost experimentara en el establecimiento de la Obra sacerdotal múltiples pruebas: abandonos y traiciones, denuncias y desprecios, investigaciones canónicas, dificultades de reclutamiento en Francia, dos guerras mundiales. Además, él sufre por “no vislumbrar a Jesús según las necesidades sedientas de su ser (31)” Él vive este periodo de inmolación en la unión con Jesús, su Maestro adorado en el Sacramento del amor. El sufrimiento no le impide amar, al contrario, éste se traduce en amor. Es la hora del amor crucificado, del amor sin reserva, “La hora del amor de anulación”, es decir, la hora de la renuncia a sí mismo para acercarse a Jesús y unirse a él en su proyecto. El Espíritu purifica al predicador que hay en los sacerdotes para que ellos siempre vivan mejor de acuerdo a lo que enseña: Jesús sólo. El sufrimiento le ayudó mucho, lo hizo descubrirse a sí mismo.

El fundador es consciente de ser un instrumento miserable. “No tengas en cuenta la miseria de aquel que Jesús colocó en tu lugar (32)”. Es por lo que él confía en Jesús sólo “porque es Él quien nos llevará a las cimas de la santidad (33)”, escribe a un cofrade. Aquí en la tierra, la santidad recibida al momento del bautismo es verdadera pero inacabada, imperfecta (34). La perfección de la caridad está en la gloria que vamos a conocer. Debe ser adquirida. Eugenio Prévost afectuoso con el ardor de su corazón: sus caritativas iniciativas son testimonio de ello.

Después de la Segunda Guerra mundial, cuando la Obra sacerdotal parecía venirse abajo, el fundador entró en su 80 aniversario y se entregó ciegamente con amor. Su fe permanece entera porque su esperanza está bien anclada en el Padre eterno: Cena, Cruz, Resurrección son un solo misterio. Gloriosos los que están cerca al Padre y viven en el Santo Sacramento, el Soberano Padre lo sostiene cada día con su presencia de amor. “ Tengo sin cesar los ojos fijos en Jesús alimentándose de la voluntad de su Padre. He ahí mi vocación (35)”.

Esta unión de amor con Jesús se realizará más frecuentemente que antes a través de la inmolación de sí mismo. Él vive el misterio pascual en una confianza inquebrantable en su Salvador. Finalmente, todo será consumado por la acción del “Gran Padre misericordioso y fiel “ el 1 de agosto de 1964, día en que ese verdadero servidor del sacerdocio dejó esta tierra en la paz del amor.


Módulo gráfico: número seis

Una larga carrera terminada

Filipenses 3,8-14 ilumina el camino de Eugenio Prévost que, dentro de su fe viva, persiguió su carrera y sostuvo el buen combate, sin mirar atrás, adelante, con todo su ser para esforzarse por alcanzar a Jesucristo tal como Él había sido alcanzado. Él fue subyugado por Jesús, Padre y Víctima en la Eucaristía, por su amor crucificado, un amor “que lo hizo descender hasta nosotros, lo hizo morir en la cruz y permanecer todavía entre nosotros”, como él lo recordaría a las Oblatas de Betania, el 24 de mayo de 1946. Ese amor hasta el fin, Él lo quiere actualizado en los sacramentos, los de la Eucaristía y la Orden principalmente. A cambio, después de su conversión, Eugenio alcanzó a Cristo de alguna manera buscando conocerle y amarle sin medida, queriendo asemejarle hasta identificarse con Él. Él quiso convertirse en santo como agradecimiento a Jesús que lo amó tanto, y para que los sacerdotes también se convirtieran. Ese fue su ideal perseguido sin descanso.

Algunas palabras sintetizan su búsqueda espiritual: Jesús, su amor, sus voluntades santas, en una palabra: la santidad, Jesús: su único objetivo. Jesús para amar, imitar, resplandecer: Jesús y sus santas voluntades para cumplir. Según él, “Ser santo, es amar lo suficiente a Jesús para no negarle nada, para entregarle todo a Jesús (36)” y, “la santidad, es amar” porque Jesús es amor. Pero ya que el Salvador ha manifestado su amor de Padre llevando a cabo su voluntad, todo el resto que corresponde al verdadero amor se expresa en la obediencia a Dios. La verdadera santidad se desarrolla conforme a los deseos de Dios y su buena voluntad. El padre Prévost se dedicó con toda su alma a la realización de lo que él discernió como la voluntad de Jesús y, por su fe en la Divina Providencia que dirige todas las cosas con una profunda sabiduría que nos sobrepasa, él acogió todos los acontecimientos como la expresión de la buena voluntad de Jesús. Su espíritu de fe contribuía a mantenerlo en calma y sereno en las dificultades, sabiendo que todo contribuye al bien de aquellos que aman a Dios, según lo expresa la carta a los Romanos (37).

Él consiguió el amor en su fuente: en la Eucaristía porque es Jesús-Hostia quien realizará la transformación del ser hasta la identificación con Él. El fundador se expresa así: “Se ejerció en mi alma [en el momento de la comunión] una acción tan transformadora que me identificó contigo, Oh Jesús. Eres tu quien vive en mi. [...] Yo nunca hubiera podido, Oh Jesús, llegar a tal identificación de vida si tu no hubieras instaurado tu Sacramento de amor (38).”


Módulo gráfico: número siete

Las enseñanzas espirituales del padre Prévost

Las enseñanzas de Eugenio, escritor espiritual y fundador, están todas orientadas hacia Jesús-Padre, el Verbo encarnado. En su escuela, aprendemos que hay Alguien que vive en el Santísimo Sacramento. Esta enseñanza no se trata de una devoción cualquiera. Se compromete en cambio con una vida de unión de amor con Jesús à través de la cual se aspira a rendirle gloria y a seguirle como ejemplo mediante una caridad que es a la vez una ofrenda redentora y un compromiso apostólico. La Eucaristía, hogar de amor, está en el centro de la vida espiritual y apostólica: La Eucaristía celebrada, adorada, vivida en la cotidianidad.

En la misa, las dos mesas de la Palabra y de la Eucaristía están íntimamente relacionadas. Así, el maestro espiritual enseña: “La Eucaristía y el Evangelio son inseparables. Para ser verdaderos adoradores debemos alimentarnos de todas las enseñanzas del Evangelio; como, para tener una ciencia clara y práctica del Evangelio, hay que animarla y vivificarla con luces y gracias que provienen de la Eucaristía(39).”

La página del Evangelio que lo cautiva y lo inspira más es aquella del jueves santo en donde Jesús se ofrece a su padre para la salvación del mundo, anticipando con su ofrenda su violenta muerte al día siguiente. La institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el discurso del adiós (Juan 13-17) son otros temas de adoración que lo motivan en su búsqueda de la perfección.

Sus textos preferidos son de San Juan y de San Pablo: “Cristo está en todo y en todos -Omnia et in omnibus Christus (40).” “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí (41)” “La vida eterna consiste en que te conozcan, a ti el único y verdadero Dios, y a Jesucristo (42)” “Permanece en mi, permanece en mi amor (43).” “Nosotros estamos llamados a la santidad, escribe él, y la fuente de la santidad está en Jesús: es por eso que para ser santo, es necesario permanecer en Él(44).”

Eugenio Prévost quiso que las banales actividades cotidianas fueran vivificadas y enaltecidas por la ofrenda de amor en unión con el Sumo Sacerdote que, en la Eucaristía, se ofrece eternamente al Padre en el Espíritu. Todo puede volverse una ofrenda entre las santas manos del Padre Eterno, incluso nuestras miserias. De este modo, toda vida simple es transformada, consagrada, redimida. Se convierte en adoración, alabanza, acción de gracias e intercesión en la comunión del bien amado. Recomienda igualmente ofrecer Jesús al Padre: “Nosotros mismos nos ofrecemos a Dios para que Él nos perdone y nos salve; mas lo hacemos con Jesús, a Él mismo lo ofrecemos, participamos en su vida de ofrenda y de Hostia en la Eucaristía (45).” ¿No es esto vivir el sacerdocio bautismal que nos recuerda el concilio Vaticano II en Lumen gentium?: Los fieles, de quienes es el sacerdocio real, hacen parte de la ofrenda de la Eucaristía y ejercen su sacerdocio por medio de la recepción de los sacramentos, la oración y la acción de gracias, por el testimonio de una vida santa, por la abnegación y la caridad activa (46).”

El fundador recomienda profundamente mirar a Jesús, estudiarlo, contemplarlo, buscar conocerlo tal como Él es: Padre y Víctima, siempre vivo porque resucitó. Convencido de que después de la Santa Misa y la Santa Comunión, no hay nada que nos una más a Jesús que la adoración (47), quiso que la Eucaristía se prolongue en la adoración eucarística, “oración profunda, la oración que es la ofrenda de todo ser en renuncia a sí mismo en homenaje a Dios cubierto del sacramento a quién son debidos todo honor y toda gloria en la tierra como en el cielo (48).”

El padre Prévost “vive en el altar”. Él enseña a hacer revivir en la Eucaristía, los misterios, las virtudes y las enseñanzas del Señor y a unirse al Sumo Sacerdote que está en oración ante su divino Padre. Él aconseja ir a buscar el Sacramento de su amor, vivir con él “dentro de nosotros mismos” y entregarnos a Él sin reserva para seguir mejor su ejemplo. Para mantener la unión con Dios, Él invita constantemente a orar en el nombre de Jesús, la más corta y la más eficaz de todas las oraciones, sin olvidar los otros actos de amor. En la prueba que él recibe de las manos de Dios sin distraerse en causas secundarias, él exhorta a abandonar a Jesús y a entregarse a Él con toda confianza: “Jesús sabe todo, Jesús puede todo y nos ama. Mantengamonos en paz, amémonos y seamos abandonados (49).” Él nos enseña a levantarnos al nivel de la fe para recibir el designio de salvación de Dios y su amor en la obra de nuestras vidas para santificarlas.


Conclusión

Recorriendo el itinerario espiritual del padre Prévost, uno queda asombrado por el hecho que esa larga vida fue una constante relación amorosa con Jesús: después su conversión, ningún periodo de su vida escapa a ese abrazo. ¿Hará parte Eugenio de aquellas personas que permanecen conmovidas toda su vida luego de una única experiencia espiritual? Ignacio Larrañaga escribe sobre el tema: “Nuestro Dios es desconcertante. En el momento menos previsible, como en un asalto nocturno, Él se precipita sobre una persona, la abate con una presencia poderosa e inefablemente consoladora, la confirma para siempre en la fe y la deja conmovida puede ser para el resto de sus días (50).”

La experiencia del amor misericordioso de Jesús marcó profundamente la fe de ese ferviente adorador del Santísimo Sacramento. Lleno de dones de sabiduría y de fuerza, él obtuvo de la Eucaristía el amor ardiente necesario para mantenerse fuerte en el don de sí mismo. Él ha portado muy en alto el estandarte del amor obtenido en el Corazón de Jesús, Sumo Sacerdote. Más allá de todas sus experiencias y realizaciones apostólicas en favor de los padres, es Jesús quien fue su última pasión por vivir.

Eugenio busca orientarnos hacia las cosas de arriba, hacia la nueva vida revelada por Jesucristo, el Padre Eterno, vivir para siempre. Puede ahora él cantar eternamente las misericordias de su delicado Maestro: “Su misericordia celebra en parte, cuando de un gran pescador, ella puede hacer un santo (51).” “Nada viene el Padre sino por mí (52)”, decía Jesús a los discípulos. Eugenio siguió enseguida este vía, una vía segura porque Jesús es la verdad y la vida, siendo el Hijo de Dios, el Único. Una vía abierta a todos aquellos que buscan un entiendo para sus vidas. Una vía que lleva a la felicidad y a la santidad.

Si la vida mística “consiste en intentar estar con Jesús (53)”, ¿sería verdaderamente osado afirmar que Eugenio Prévost es un místico de la Iglesia de nuestro tiempo para la cual la Eucaristía es fuente y cima de la vida cristiana y Cristo centro de la historia del mundo?

Marielle Chrétien, c.o.b.




REFERENCIAS:
1.Cf. Jn 14, 2.6.
2.1 Jn 4, 12.
3.Cf. Jn 1, 18.
4.Retiro predicado por el padre Prévost en 1929.
5.Efrén Longpré, art.
«Eucaristía y experiencia mística»,
Dict. de spir., col. 1586, 1590-1591.
6.Diario personal, 28 octobre de 1879; cf. Col 3, 12-14;
Carta del 6 de enero de 1921 a la Madrecita,
Ana María Ribault.
7.Diario personal, 1° de noviembre de 1881
8.Diario personal, 26 de septiembre de 1886.
9.Carta a la Madrecita, 8 de mayo de 1911.
10.Directorio espiritual, p. 79.
11.Ibid., p. 215.
12.Cf. Jn 3, 29.
13.Directorio espiritual, p. 216.
14.Dt 30, 14.
15.Elevaciones, primera serie, números 5 y 6;
Consejos espirituales, número 64
: Presta atención
a Jesús que te habla; cf. Jn 8, 31.
16.Juan Pablo II, Mi vocación, don y misterio,
Paris, Ediciones Bayard/Cerf/
Fleurus Mame/Téqui, p. 113-114.
17.Ibid., p. 57-58.
18.Mt 10, 40; Lc 10, 16.
19.Cf. Mt 25, 40.
20.Liturgia del 2ee martes de cuaresma.
21.Diario personal, 12 de junio de 1887.
22.Diario de fundación, 16 de abril de 1904.
23.Notas de Sarcelles, archivos CFS.
24.Diario de fundación, 19 de febrero de 1903.
25.Jn 15, 4.9.
26.Carta a Ninette, 19 de diciembre de 1899.
27.Ibid., 21 de enero de 1900.
28.Diario de fundación, 17 de noviembre de 1900.
29.Carta a Ninette, 5 de julio de 1900.
30.Diario personal, 17 de febrero de 1901.
31.Carta a un religioso, 6 de septiembre de 1932.
32.Ibid., 30 de noviembre de 1929.
33.Ibid., 25 de enero de 1929.
34.Cf. Lumen gentium, n° 48; CEC, 670 et 825.
35.Cartas circulares, 25 de mayo de 1926, tomo 1, p, 235.
36.Cartas circulares, 3 de febrero de 1920, tomo 1, p. 163.
37.Rm 8, 28.
38.Marielle Chrétien, Espiritualidad del padre
María Eugenio Prévost, CFS, p. 191-192.
39.Directorio espiritual, p. 77.
40.Col. 3, 11.
41.Ga 2, 20.
42.Jn 17, 3.
43.Jn 15, 4.9.
44.Eugenio Prévost, Marcadores religiosos, n° 141.
45.Eugenio Prévost, Meditaciones,
11 de octubre de 1940, tomo 8, p. 167.
46.Lumen gentium, n° 10.
47.Conferencia sobre la adoración por el padre Prévost.
48.Directorio espiritual, p. 214.
49.Carta a un religioso, 31 de agosto de 1942.
50.Ignace Larrañaga, Muestrame tu rostro, p. 87.
51.Carta a un religioso, 25 de abril de 1920.
52.Jn 14, 6.
53.Jean Guitton, Retrato de Marthe Robin,
Paris, Grasset, 1985, p. 97.

Texto reproducido gracias a la amable autorización de las Ediciones Bellarmin que han publicado en 2001 el volumen Eugenio Prévost, apasionado de la santidad, selección de textos de Eugenio Prévost, del que este texto constituye la introducción.