Fotografía de un campo de flores bajo el sol del medio día

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Las personas asociadas

Una persona del grupo de Montreal, la señora Manon Bissonnette, quiso compartir su experiencia como asociada a las Obras del padre Prévost; nosotros le agradecemos mucho por ello


Foto de la señora Manon Bissonnette, asociada a las Obras del padre Prévost
MANON BISSONNETTE

¿Qué significa ser un asociado?

Concretamente es dedicar una hora de adoración por semana para los sacerdotes; es profundizar en la espiritualidad del Padre Prévost; es ir a tres o cuatro encuentros por año; es acudir junto al lecho de los sacerdotes enfermos y suscribirse a la revista para apoyar el trabajo de las hermanas Oblatas de Betania. Todo ello no es una obligación, somos libres de participar o no. Eso es sólo un breve resumen, porque en los hechos, ser asociado, ¡es mucho más que eso!

El mensaje del Padre Prévost, ¿continúa siendo actual aún en 2017?

Sugiero a todo el mundo leer algún día la biografía del padre Prévost escrita por el padre Lapointe. Si ustedes creen en la Presencia eucarística, van a maravillarse con la intimidad de amor que él tenía con Jesús y que, por lo mismo, nos invita a seguir su ejemplo, a profundizar en la relación de amor con Cristo en nuestra propia vida espiritual. Sin olvidar el profundo amor por los sacerdotes que lo consumió a lo largo de su vida. Cuando se leen los escritos del padre Prévost, es fácil constatar que él fue un hombre con un carácter fuerte que fue inmolado por el sufrimiento, tanto físico como espiritual y que no retrocedió frente a ningún obstáculo para alcanzar el objetivo único: hacer la voluntad de Dios.

Entonces, ¿cómo hacer actual su mensaje que a primera vista, confesémoslo, puede parecer un poco arcaico en 2017? Si bien es verdad que los escritos del padre Eugenio Prévost están impregnados de las enseñanzas del Vaticano I, es evidente que es la relación personal con Cristo la que representa la verdadera perla de su enseñanza. "Jesús, sólo Jesús" es la frase que, como un estandarte, nos hace comprender el real desafío de sus obras, por las cuales él se mantuvo de pie, sólido como un roble: Jesús Padre; Jesús, Padre y Víctima en el Santísimo Sacramento, y Jesús Víctima en el Sacerdocio ofrecido al padre que se convierte por sí mismo en el representante de las cosas del Cielo sobre la tierra para ofrecernos la salvación. ¡Ah sí! en nuestros días, la salvación no es más un tema demasiado a la moda... Sin embargo, ¿acaso eso quiere decir que ya no existe? Puede decirse que: "No somos creados para este mundo sino para el Otro"

¿Por qué soy asociada?

Yo creo que el mensaje del Padre Prévost es actual hoy más que nunca porque la curación, el consuelo, en suma, todo de lo que tiene necesidad el ser humano se encuentra en Cristo, en la práctica de los sacramentos y en la adoración eucarística. Además, los encuentros con los otros asociados, los momentos para compartir y las conferencias, así como las historias de vida tan enriquecedoras dan con frecuencia la impresión de que el padre Prévost nos asiste. Toda esta fraternidad que se desarrolla entre todos hace parte de la alegría de haber escogido comprometerme con las Obras del padre Prévost. Todo ello, sin olvidar la dedicación incomparable del hermano Michel, siempre disponible para responder a nuestras inquietudes con la delicadeza que lo caracteriza. Gracias a ustedes que me han leído, y espero de todo corazón que esta experiencia que les comparto encienda en ustedes el deseo que los inspirará a participar en las Obras del Padre Prévost. ¡Unión en la oración!



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Un medallón, representación del padre Prévost
El padre Eugenio Prévost

Sacerdocio: misión sobrenatural
dentro de un cuerpo frágil

En el recorrido de santidad que el padre Eugenio Prévost propone a los sacerdotes, hay una profunda voluntad de ir hasta el final por el amor que él se propone transmitir a sus corazones, y que se manifiesta en la renuncia de sí con el fin de unirse de corazón a corazón en inmersión total con Dios, a tal punto de no ser más que uno con Él. Para el padre Prévost, el servicio del sacerdote es la constante y permanente dedicación a Cristo encarnado en nuestra humanidad, perpetuando su obra sobrenatural de redención del mundo a través de la extrema fragilidad de un hombre, él mismo inseguro o cansado en la ruta de la salvación. ¿El sacerdote es entonces deificado? ¡Claro que no! Puesto que el padre Prévost, por medio de la fundación de sus dos obras, reconoce la fragilidad de los sacerdotes. No obstante, lejos de rendirse y abdicar frente a ello, el fundador expone el lado sobrenatural de esta misión particular, mucho más celeste que administrativa, con la cual el sacerdote se compromete. Para ayudarlo en su tarea está el Santísimo Sacramento que es la presencia del amor encarnado, el refugio por excelencia del hombre que reconoce su miseria humana con toda humildad con el fin que ella sea fortalecida en Cristo. Como lo decía Monseñor Tarozzi al padre Prévost en los inicios de sus obras de fundación: “Somos como bastones que el buen Dios reviste con sus gracias, y con frecuencia el bastón puede dañarse o pudrirse”.

Eugenio Prévost fue el sacerdote al servicio de los sacerdotes, no para servir a los aprendices sino a su Maestro. Para dar a los sacerdotes una probada del cielo en la tierra para recordarles que antes que nada Cristo los llamó a ellos en primer lugar, y que enseguida ellos respondieron a su llamado. El padre Prévost lleva a Cristo hacia el corazón de estos hombres para dejar que el amor los consuma de nuevo con el objetivo de iluminar mejor la Iglesia, el pueblo de Dios. Renunciar a sí para adorar a Jesús, seguirlo y servirle, he ahí la renuncia de sí mismo por excelencia, es lo que expresa que dos personas no son más que una sola: “el sacerdote debe ser UNO con Jesús” Esa es la definición de un sacerdote santo según Eugenio Prévost.

Si Dios es amado por sobre todas las cosas, el sacerdote usará los medios necesarios para afrontar sus dificultades. Ayudar a un sacerdote, para el padre Prévost, no es nada menos que limpiar las lágrimas de Cristo que sufre, revelándose en la fragilidad del hombre de Dios.

La ayuda mutua sacerdotal viene de ahí. ¿No hay un espectáculo más bello en el cielo que ver el corazón de un sacerdote ser tomado por la llama del amor de Jesús aún más ardiente? ¿Acaso no hay una más bella adoración consumiendo el deseo del pecado en las almas, que ver a un sacerdote que renace con su primer amor, el corazón ardiente por Cristo para motivarlas a unirse aún más a Jesús, Salvador del mundo?

Oremos incesantemente por los sacerdotes porque la salud espiritual de Iglesia está entre sus manos.



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Sin Dios, no hago nada
que valga la pena

El padre Prévost con frecuencia mencionaba que lo más importante en nuestra vida es encontrarnos en donde Dios quiere que estemos. Seguir la voluntad de Dios es la bendición por excelencia que Él nos otorga; es necesario buscarla como el bien más precioso que es. Seguir la voluntad de Dios se resume en dos palabras: “Jesús, amar”, como lo dijo el padre Prévost en su lecho de muerte. Jesús es el ejemplo perfecto de seguir la voluntad de su Padre, y nosotros debemos aplicarlo en nuestras vidas de la misma manera.

La vía de la santidad es exigente; las medias tintas son inútiles, más aún cuando no podemos hacernos un dios a la carta, es decir, escoger lo que nos conviene y rechazar lo que nos indispone.

De todas maneras, ¿acaso el mundo es más feliz sin Dios? Siempre intentamos ir más de prisa, más lejos, más alto. ¿Con qué objetivo? ¡El éxito! ¡La búsqueda de la felicidad! Pero ¿de qué serviría ese éxito y esa búsqueda de felicidad en nuestro lecho de muerte? ¿Cómo nos esconderíamos del rostro de Dios cuando llegue nuestra hora?

El padre Prévost nos enseña que, sin Dios en nuestra vida, no hacemos nada que valga la pena. Dios sabe a lo que verdaderamente debemos aspirar. Dios debe ocupar el primer lugar en nuestra vida para reconectarnos con la Fuente de vida. Sin el faro de su presencia, los gestos que podamos tener son espiritualmente estériles y quedamos atrapados en falsas búsquedas. Los magníficos mandatos preparan el alma para recibir la gracia de Dios y para hacer crecer virtudes como la humildad. ¡Esta palabra era una de las más queridas por el Padre Prévost! ¡Es la puerta de entrada al cielo por excelencia! Hacerse pequeño, servidor, someterse a este amor cada vez más ardiente por Dios, eso significa tener una vida con mucho valor… el resto no es más que vanidad e ilusión.

Escuchemos bien al padre Prévost cuando nos enseña: “No nos corresponde idear planes, sino realizar aquellos que Jesús concibió para nosotros. Es tan fácil para nosotros obedecer, nosotros a quien nada se nos debe, nosotros que no poseemos nada propio, nosotros que no tenemos ningún derecho y que somos constantemente, por nuestra naturaleza de criaturas, pecadores e indignos de elección y de las ternuras de nuestro Creador. Él pagó nuestra redención con su sangre y su vida. ¡Cuánta felicidad hay en sacrificarse, inmolarse para reconocer que Jesús lo es todo, para seguir la huella de sus pasos, para realizar en nuestra vida lo que caracterizó a la suya! (Meditaciones, tomo 1, p. 168)

¿Qué quiere decir todo ello? Que sólo Jesús puede hacernos verdaderamente felices en esta vida y en la otra. El ser humano inventó muchas cosas, pero nunca ha creado nada. Dios lo creó todo: ¡Él es la respuesta al éxito y a la felicidad que buscamos tanto! Nada es imposible para Él. Además, no nos preocupemos, inmolarse es seguir la voluntad de Dios retirando de nuestra vida lo que no corresponde a ella. Dios se inclinó sobre nosotros para conducirnos al verdadero éxito. ¡Respondamos a su invitación!



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Sacerdotes:
¡Aspiren a la santidad!

Muchos escritos del padre Eugenio Prévost están dirigidos a los sacerdotes para motivarlos, exhortarlos, consolarlos mediante la claridad que Cristo quiso otorgarle. “Quiero convertirme en santo” es una frase fuerte. El recorrido espiritual del Padre Prévost nos habla de una visión: aquella de colocarlo todo en las manos de Jesús y de dejarlo actuar. Es hacerse maleable, entre las manos de un ser lleno de tanto amor por su sacerdote que no hay nada más a que temerle. Cuando las dificultades llegan para estremecer los objetivos trazados, debemos redoblar nuestro entusiasmo para aferrarnos a la fe, única fortaleza sólida de los creyentes, particularmente cuando portamos el hábito sacerdotal. El Padre Prévost tuvo una fe a toda prueba en Jesús, fue su deseo de convertirse en santo el que guio sus decisiones y sus acciones. Tal coomo lo dijo el padre Damien Bokossa en su presentación de la biografía del padre Prévost escrita por el padre Lapointe, durante el último encuentro de las personas asociadas: “El padre Eugenio Prévost recuerda a los sacerdotes que la santidad es posible si nosotros la admitimos como un objetivo de nuestro sacerdocio. ¡Todo sacerdote debería leer la biografía del Padre Prévost!”.

¿Qué sucede cuando un sacerdote abandona la mano del Buen Pastor? El hombre se encuentra cada vez más entregado a sí mismo y el peligro que corre es el desaliento y el cansancio del servicio a la comunidad. Evocando esos momentos desafortunados, el Padre Prévost manifiesta más fervientemente su deseo por dejarse guiar por Aquel que él ama por sobre todas las cosas. Ninguna protesta ante el alboroto que, de todas maneras, pasará tarde o temprano. Formar “uno” con Cristo, es asemejarse a Él en lo que hay de más pequeño y de más grande, en la sonrisa y en las lágrimas. El Padre Prévost no se gratifica de nada más que de amar, de servir y de entregarse enteramente a este amor por Cristo que le consuela en ese deseo ferviente por ser santo. No hay nada meritorio en ello, solamente ser el servidor inútil que se siente honrado de haber sido escogido por el Soberano Padre. Desde esta visión, se comprende mejor porqué incluso el sufrimiento es acogido como una atención particular de Jesús. Todo es hecho según la voluntad del Maestro porque se necesita ser consciente del privilegio de ser amado por Dios para haber sido llamado al sacerdocio.

Leyendo las cartas circulares escritas por el Padre Prévost, se constata que él ama a los sacerdotes con un amor incondicional. Él los llama afectuosamente “los Míos”, la M mayúscula especifica que ellos pertenecen, ante todo a Jesús; él se apresura a recibir sus noticias, su sufrimiento es el suyo, así como sus alegrías. ¿No es así que el Señor también debe llamar a sus sacerdotes “los Míos”? Sacerdotes, ¡aspiren a la santidad! No se dejen llevar por lo que es temporal, sino por el contrario, agarren la armadura que el Maestro les dejó para conducir a la santidad a todos aquellos y aquellas que el Señor les confía. ¿Acaso el niño no recibe los rasgos de carácter del padre? ¡Qué su rasgo más evidente sea su deseo de santidad encendido por el amor inagotable que ustedes experimentan por Cristo!



Yo acabo de dar
una gran misión a vuestro hermano

Estas son las palabras que ha pronunciado el papa León XIII a la hermana menor del padre Eugène Prévost, luego de haberlos recibido en audiencia privada el 17 de febrero de 1901.  Evidentemente, quién dice misión dice preparación, equipamiento, planificación para hacer frente a toda eventualidad. “¿Tienen ustedes todo lo necesario?” interroga el papa. “No, pero yo confió en la Providencia” respondiera el padre Prevost y agregaría: «Dado que es Dios quién quiere esta obra, él sabrá darle lo que esta necesita.”

El acto de abandono en la voluntad de Dios manifestado por el padre Prevost es elocuente de su fe en él. ¿Cómo Dios podría abandonar el barco cuando es el suyo propio? ¡Si el mar está calmo, regocijémonos! Si el mar está agitado, alegrémonos también de este acto de abandono que es demandado. ¡Todo es gracia!

Sin embargo, ante todo, fuerte es la constatación de que parece haber una contradicción: ¿podríamos pensar que el capitán de un barco de gran envergadura no tiene lo necesario para llegar a su destino, lo que pondría en riesgo de abortar el viaje?  Después de todo, si el papa León XIII ha decretado que esta misión de Eugène Prévost era grande, no es sorprendente la pregunta que le había sido hecha, si él tenía lo necesario para llevarlo a destino. Sin embargo, constatemos que la realización divina se ha manifestado dado que estamos en el año 2018, y que las dos obras sacerdotales instituidas por el padre Prévost siguen existiendo hoy en día, mismo si el fundador ha comenzado su obra con el solo deseo de hacer la voluntad de Dios, y nada más que eso.

Racionalmente, si nosotros podemos ver esta fundación como un gesto impetuoso, mismo excesivo desde un punto de vista espiritual, ella constituye la culminación de una preparación vivida por el padre Prévost en un recorrido que le condujera hacia ese plan que Dios tenía para él.  Las obras del Padre Prévost no son ante todo un planteo personal, sino la respuesta a un llamado manifestando la voluntad de Dios en ese momento importante, como fuera el caso para todos los instantes de su vida. Como él lo decía por sus estudios: “Por el momento, mi santidad está presente, yo me entrego de todo corazón” (Georges Lapointe, Au service de Jésus dans ses prêtres, p.56). Permanecer en Dios en el momento presente nos conduce inevitablemente a lograr su misión de amor sobre la Tierra, he aquí lo que el padre Prévost nos enseña en ese día de febrero de 1901.

Cada comunidad religiosa en la Iglesia encarna un aspecto del Evangelio: las congregaciones fundadas por el padre Prévost ponen en el centro de su vida el amor de Jesús y de sus apóstoles, los sacerdotes. A través de su plegaria y de su devoción, ellos ofrecen su vida para la santificación de los sacerdotes. ¡Es un trabajo importante, ocuparse de la santidad de los sacerdotes!

Cómo asociados, preocuparnos de la santificación de los sacerdotes pasa primero que nada por la plegaria a fin de que ellos permanezcan en la voluntad de Dios. Ofrecer nuestras eucaristías y un tiempo de adoración forma parte también de esta acción. Personalmente yo agregaría lo siguiente: no tengamos miedo de hacerles conocer al padre Eugène Prévost, si eso es posible. Recordémosles que nosotros necesitamos de ellos, de su poder sacramental, de su santidad. ¡Ser santo, es amar como Dios ama!