Fotografía de un bosque atravesado por los rayos del sol en invierno

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¡NAVIDAD!

El misterio y los encantos de Jesús en el pesebre
Padre Eugenio Prévost

“Cuando los ángeles sobre el pesebre cantaron la gloria del altísimo, dice Jesús, ellos expresaron el primer motivo de mi venida sobre la tierra: Gloria a Dios en el más alto de los cielos. De alguna manera, ellos extrajeron de mis humillaciones y mis abatimientos una gloria sin nombre para el honor de la Santa Trinidad. […] Dios amó tanto al mundo que Él le entregó a su único Hijo”

Fotografía de un vitral que ilustra el Nacimiento de Cristo

Jesús es Dios y hombre al mismo tiempo, y ya que Él es Dios, los ángeles cantan su gloria en el más alto de los cielos; y ya que Él es hombre, los hombres vienen a adorar un Dios que se les asemeja. Ya no existe más distancia, el cielo está sobre la tierra y la tierra es del cielo. Todo canta, y los cantos angelicales se unen a la alegría y a la paz, que nacen en la humanidad.

¡Oh! ¡Quién viera la dulzura y el amor de la primera mirada de Jesús en el pesebre sobre su divino Padre! […] Y después de haber mirado al Padre, ese Niño que contiene al mundo en su corazón, mira a los hombres que Él vino a salvar. Son los pobres como Él, los pecadores, los desheredados. Él ama a esos primeros adoradores, porque Él se asemeja a ellos. Todo el amor que palpita en el corazón de Jesús recién nacido y que se traduce por una adoración a su divino Padre en nombre de la humanidad con la que Él se ha revestido, es el mismo amor que Él lleva a los pobres seres humanos, inclinándose bajo el peso de sus miserias y de sus pecados.

En el medallón: ilustración antigua del Niño Jesús

Ese Niño que contiene al mundo en su corazón

Así como los pobres pastores nosotros éramos pobres, miserables, no teníamos nada para Él, no merecíamos ninguna recompensa; y sin embargo, es hacia nosotros que se han dirigido sus miradas y es sobre todo para nosotros que Él guarda sus sonrisas, es a nosotros a quien Él tiende sus pequeños brazos, es a nosotros a quienes Él mira personalmente, a quienes Él ama y atrae.

Esta mañana, oh Jesús, yo me vengo junto con los pastores que, felices de escuchar los cantos celestes y angelicales, obedecen a sus voces y se dirigen con una misteriosa calma hacia ese Niño Dios a quién ellos van a adorar, de quién ellos van a recibir la gracia de la fe y quienes se preparan a encender en su corazón un amor que los acompañará por todo el resto de su vida.

¡Oh! Acudamos ante los deseos del Niño Jesús que nos ha dado María; entreguémonos a sus pequeños brazos, mirémosle bien a los ojos, hagámosle sonreír, y al mismo tiempo, comprendamos su mirada, sus ternuras, sus acercamientos. Él no quiere ser un extraño para nosotros, y es por lo que Él se entrega sin condiciones, sin resistencia, casi sin voluntad para estar totalmente a nuestra disposición. Es un pequeño niño que podemos acariciar, en la contemplación en la cual podemos alegrarnos y descansar.

Es un ángel el que bajó del cielo para anunciar a María que ella concebiría el Hijo del Altísimo. Y este Hijo de resplandores eternos reposa en el pesebre. Es por tanto Él el prometido, el Liberador del mundo; ese pequeño niño es un Dios, y ese Dios es un Salvador, y ese Salvador es un Sacerdote que ejerce ya son sacerdocio y que se convirtió en Víctima. Él vivirá para la gloria de Dios y para la paz de los hombres.

En el medallón: ilustración antigua del Nacimiento de Cristo

Es un ángel el que bajó del cielo para anunciar a María

Directamente del pesebre Él viene a nuestra alma, nosotros le poseemos y podemos en realidad alimentarnos de Él cada día y vivir su vida en nosotros. Es desde la Eucaristía y en nuestro corazón que Él nos mira, que Él nos habla, que Él actúa y que Él nos suplica para permanecer en Él, así como Él permanece en nosotros.

Tu pesebre, oh Jesús, es el altar. La Santísima Virgen te recibió en sus brazos al momento de tu nacimiento; el Padre a quien comunicaste tu poder te recibe en sus manos. Es él quien te presenta en esta nueva vida que Tú llevas en el Santísimo Sacramento. Tu pesebre es todavía tu Tabernáculo.

En el medallón: ilustración antigua del Nacimiento de Cristo

Tu pesebre, oh Jesús, es el altar

Que María, nuestra tierna Madre, la Madre de este pequeño Jesús de Belén, y la Madre de ese Jesús humilde en el Santísimo Sacramento, nos ilumine, nos ayude, nos mantenga en la fidelidad y en la delicadeza de amor en todos los instantes.

Textos: Eugenio PRÉVOST, Meditaciones, tomo 1, p. 246-256; tomo 4, p.15-17.
© Fotos: Claude Auger

Módulo gráfico que representa los copos de nieve