Las ocho cajas que contienen 
las Actas del proceso diocesano de la causa 
del padre Eugenio Prévost con destino a Roma

Padre Prévost: Causa > Recorrido

El camino hacia
la causa de canonización

En el Antiguo Testamento, la santidad es considerada uno de los más importantes atributos de Dios. En el Nuevo Testamento, el término “santos” fue empleado por primera vez por San Pablo para denominar a aquellos que creen en Jesucristo. Poco a poco, Él vendrá a escoger a los que se destaquen entre todos los cristianos por una vida admirable, considerada como un reflejo de la santidad misma de Dios, el Santo por excelencia. Aunque todos son llamados a la santidad, no necesariamente todos los cristianos serán canonizados. El proceso en principio informal. Espontáneamente, la comunidad cristiana reconoce como santos mártires, a aquellos que dando testimonio de su fe en Dios han aceptando morir antes que renunciar a ella, también a los confesores, que han profesando su fe en Dios mediante el testimonio de su existencia, frente a las persecuciones; también a aquellos que llevan una vida de ascetismo como los monjes y hermanas religiosas. Los obispos y luego los Papas pasarán luego a controlar la atribución del título de santo a lo largo de una historia que se extiende del siglo VI al XVII. Este reconocimiento formal de la santidad de una persona que se llama canonización es reservada al Papa desde el siglo XIII.

La mentalidad jurídica de la Curia romana impuso a este proceso la forma canónica, durante la cual son escuchados algunos testimonios. En 1588, la Congregación de Ritos se convirtió en la responsable de las causas de los santos. En 1930, la creación de una sección histórica constituyó otro etapa importante de esta evolución. Con el fin de permitir el estudio de las causas antiguas, cuyos testigos contemporáneos han fallecido, se decidió aplicar los métodos de la investigación histórica para la búsqueda y la interpretación de la documentación subsistente. Estos principios serían aplicados a todas las causas en 1969. Ese mismo año, la Congregación de Ritos será dividida en dos, una congregación que es responsable de la liturgia, otra, únicamente encargada de las causas de beatificación y canonización. Juan Pablo II, por su constitución apostólica Divinis perfectionis Magister (25 de enero de 1983), termina con la revisión del proceso canónico de las causas de canonización; su aplicación al nivel de las diócesis y eparquías será explicitada por las normas de la Congregación para las Causas de los Santos (7 de febrero de 1983, completadas por la instrucción Sanctorum Mater del 17 de mayo de 2007).

El proceso comprende hoy dos fases principales: la investigación diocesana, y el procedimiento en la Congregación para las Causas de las santos. La primera fase, bajo la responsabilidad del obispo de la diócesis donde murió el candidato1 , comprende una investigación preliminar para verificar si existe una verdadera reputación de santidad del candidato. Este primer trámite es llevado a cabo por pedido del actor; es decir, toda persona, individual o corporativa, que puede hacer la solicitud; y del postulante, experto que aconsejará al actor y tejerá un vínculo entre los diferentes personas que intervienen, asegurándose que la causa avance dentro del respeto de las prescripción jurídico-canónicas. El obispo verifica igualmente, por intermedio de la Congregación para las Causas de los santos, si existe en Roma expedientes que hicieran difícil o imposible la buena marcha de la causa. Si no se encuentra ningún impedimento, la Congregación emite un decreto de nihil obstat ((literalmente, no se opone nada) que permite la apertura oficial del proceso diocesano. A partir de la apertura de este proceso, el candidato puede ser elegido para el título de servidor de Dios.

El proceso diocesano comprende tres elementos: la escucha de testigos, la investigación teológica y la investigación de la comisión histórica. Los testigos, de preferencia aquellos que hubieran conocido personalmente al servidor de Dios, cuentan lo que ellos conocen de su vida, sus virtudes y su reputación de santidad. Los subdirectores estudian las obras publicadas por el servidor de Dios con el fin de asegurarse que ellas no contienen nada contrario a la fe ni a las costumbres. La comisión histórica reúne los escritos inéditos del servidor de Dios, así como todo documento que pueda dar luz sobre su vida, su pensamiento y su obra. La investigación es efectuada bajo la dirección de un tribunal eclesiástico, constituido para la ocasión. Este tribunal integra un presidente que actúa como delegado del obispo, un promotor de la justicia, un notario y uno o varios secretarios. El papel del promotor de la justicia, antiguamente llamado “abogado del diablo”, es el de asegurarse que ningún punto controversial quede sin aclarar.

Los resultados de la investigación diocesana son reunidos en una serie de volúmenes, llamados actas del proceso, que forman fácilmente varias decenas de volúmenes de centenas de páginas cada uno. Las actas son enviadas a la Congregación para las causas de los santos: se abre así la primera fase romana del proceso. La Congregación nombra un relator, elegido entre los empleados, cuyo trabajo es condensar las actas del proceso diocesano en un documento llamado positio. El positio, además del resumen de la investigación diocesana, comprende una biografía documentada del servidor de Dios, acompañada de la reproducción de documentos originales.

Una vez redactado, el positio es sometido al examen de los consultores de la Congregación, expertos en historia o en teología, llamados a pronunciarse en primer lugar sobre el valor científico de la documentación recogida, y luego sobre el valor de la causa como tal: ¿Ha practicado el servidor de Dios de manera heroica2 las virtudes teologales (fe, esperanza, caridad) y cardinales (prudencia, justicie, fuerza, moderación)? Si la respuesta es afirmativa, el expediente es transmitido a una comisión de cardinales, que procede al mismo examen, luego al Papa, que toma la decisión final. Mientras la respuesta sea positiva, la Congregación promulga un decreto reconociendo la heroicidad de las virtudes del servidor de Dios, que puede entonces ser llamado venerable.

En este estado, la Iglesia mantiene un juicio humano sobre la santidad de la persona. Pero espera recibir una confirmación de la parte del Señor antes de la proclamación oficial: el milagro desempeña este papel fundamental de aprobación divina. Otro tribunal, en la diócesis donde ocurrieron los eventos estudiados, será eventualmente puesta a disposición para examinar una curación atribuida a la intercesión del servidor de Dios o del Venerable. Si esta curación, completa, repentina y duradera es considerada como no explicable científicamente, será entonces reconocida como milagrosa, y el expediente será transmitido a Roma para su estudio.

El caso de los mártires, que hayan sido asesinados por el odio hacia la fe cristiana, es diferente. El reconocimiento del martirio permite al servidor de Dios acceder directamente a la beatificación (por ejemplo para el bienaventurado André Grasset, nacido en Montreal, y sus compañeros, mártires de la Revolución francesa), pero un milagro será generalmente necesario para la canonización de un bienaventurado mártir.

El número de milagros necesarios a cambiado en el curso de los siglos, pero el Papa siempre se ha reservado el derecho de renunciar a uno o varios milagros, según las circunstancias: “Dos curaciones milagrosas fueron juzgadas suficientes para que Margarita Bourgeoys, fundadora de una pequeña [sic] comunidad en Quebec, fuera beatificada. El 2 de mayo de 1949, Pío XII firma un decreto de exención del tercer milagro en principio obligatorio, dadas las grandes obras y méritos de las hermanas de Nuestra Señora. La ceremonia de beatificación tuvo lugar el 12 de noviembre de 1950.” (Éric Suire, La santidad francesa de la Reforma católica, (siglos XVI-XVIII) : según los textos hagiográficos y los procesos de canonización, Pessas, Presses Universitaires de Bordeaux, c2001, p.359.) La investigación super fama miraculorum, trata sobre la reputación de curandero del candidato que en el pasado ha concedido favores a la gente que se dirigen a él y que sigue gozando de una reputación de intercesión ante Dios, remplaza a veces aquella sobre los milagros, como en el caso de Monseñor Francisco de Laval y de María de la Encarnación, canonizados por el Papa Francisco en 2014.

Después de las mismas etapas de evaluación del expediente del milagro (estudio y voto de los consultores, estudio y voto de los cardinales, decisión del Papa), el Venerable puede ser beatificado, y porta entonces el título de Bienaventurado. Después del pontificado de Benedicto XVI, la celebración de una beatificación tiene normalmente lugar en la región del nuevo bienaventurado, como aquella de la bienaventurada Elizabet Turgeon, celebrada en Rimouski el 26 de abril de 2015. La beatificación permite un culto público concedido canónicamente pero limitado geográficamente. Un segundo milagro es necesario para que el bienaventurado sea canonizado y proclamado Santo. El nuevo santo puede entonces ser propuesto como modelo de vida cristiana a toda la iglesia.

(Texto adaptado de Claude Auger, “Las causas de canonización, portadoras de la memoria de las comunidades”, capítulo del libro Entendiendo la vida consagrada en Canadá: Ensayos críticos sobre las tendencias contemporáneas, editado por Jason Zuidema, Wilfrid Laurier, University Press, Waterloo, 2015)

1. Por diversas razones, puede suceder que otra diócesis se encargue de la causa. El obispo de Trois-Rivières fue designado en 1964 responsable de la causa del padre Eugenio Prévost, fallecido en Francia pero cuyos restos fueron trasladados a Canadá en 1961. En el caso de William Gagnon, fallecido en Vietnam, su causa fue instruida en la diócesis de Montreal, en donde están los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios que habían partido en misión a Vietnam.

2. El criterio de la práctica heroica de las virtudes, elaborada bajo la forma actual por el cardinal Prosper Lambertini,
futuro Benedicto XIV, en su obra sobre los procedimientos de beatificación y de canonización, se aplica a todas las causas, excepto aquellas de los mártires.





Fotografía de la luna
  La luna que brilla misteriosamente en el firmamento estrellado, me repite con eficacia que Tú me acompañas en la vía a veces sombría y tenebrosa del exilio, ¡oh condescendiente Jesús!  
Padre Eugenio Prévost