Fotografía de hojas de otoño atravesadas por chorros de luz

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Reflexión

La confesión del amor de Dios

Estamos en pleno corazón del mes de noviembre y en compañía de días que se acortan, pensamos en nuestros difuntos y especialmente en las almas del Purgatorio. La muerte, inevitable, nos obliga a tomar consciencia de que nuestra vida no nos pertenece; sólo estamos de paso en este mundo.

Fotografía de Manon Bissonnette, asociada a las Obras del padre Prévost
MME MANON BISSONNETTE

Son numerosas las películas en las que la muerte es la estrella. Lo que sigue podría perfectamente hacer parte del escenario de una película de terror: cuerpos flotando sobre agua estancada, siendo animados por espíritus malignos que entran en ellos y vienen a atormentar a los vivos. Repugnante, ¿verdad? Desafortunadamente, aquello es una realidad espiritual, mientras que no recibamos el sacramento de la reconciliación: nuestra alma se estanca; los cuerpos muertos que son nuestros pecados o, como prefiero decir, que son un obstáculo para su amor, se descomponen en esas aguas y se convierten en espinas de tormento. Todo ello está muy lejos de ser superado. La confesión permite depositar nuestras faltas de amor en el corazón del sacerdote, quien en nombre de su sacerdocio, forma uno con Cristo, Gran Padre para nuestra salvación. Dios toma nuestras líneas curvas y las endereza. Jesús nos transforma, nos devuelve nuestra dignidad de hijos adoptivos de Dios. “¡Oh! ¡Sí que nos ha amado Jesús!”, ¡diría el Padre Prévost! “¿No lo olvidamos? ¿No tememos el no tener confianza en Él? ¿Olvidamos algunas veces frente a nuestras miserias todo lo que Jesús ha hecho para transformarnos? Si no ponemos ningún impedimento a eso, estaremos destinados a la más grande santidad en el amor, en la unión. ¡Oh! ¡Es la vida de Jesús en nosotros!” (Meditaciones, tomo 1, p. 311). La confesión retira los obstáculos, y la gracia del Señor da la vida nuevamente a las aguas de nuestra alma.

Hay tres formas de obstaculizar el amor: por voluntad, por ignorancia o por sufrimiento. Si nos apegamos a los escritos aprobados por la Iglesia sobre las almas del Purgatorio, podemos decir, de manera general, que esas almas han sido plenamente conscientes del amor infinito de Dios, no solamente para ellas mismas sino para cada uno de nosotros. En consecuencia, sus consciencias las han iluminado respecto a las faltas y a las heridas que ellas han causado durante su vida; su profunda conciencia las conduce a preferir permanecer en este lugar con el objetivo de reparar sus faltas para el bien común. Cada gesto que hacemos, incluso con el mayor de los secretos, deja una huella en la Eternidad: “Todos los cabellos de nuestra cabeza están contados” (Lucas 12,7). Amar es ser benevolente y ya que no somos más que pequeños seres humanos ante esta enorme tarea, el Señor nos ha legado a sus sacerdotes para continuar cumpliendo esta misión de amor por la reconciliación y la Eucaristía.

En este mes de noviembre, los invito a meditar estas maravillosas palabras del padre Prévost en unión de oración por las almas del purgatorio, y en particular por aquellas de los sacerdotes difuntos: “Qué el agradecimiento nos haga vivir de amor, de fidelidad, de generosidad y de heroísmo. Se trata de elevarnos hasta el amor de Jesús. Él mismo nos lleva. ¡Oh! ¡Qué aspiraciones las nuestras! ¡No miremos hacia otra parte que no sea el cielo! […] ¡Es únicamente Jesús quien debe vivificar toda nuestra vida! (Meditaciones, tomo 1, p. 311)

Manon Bissonnette



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